Luces, dulces y familia: Celebrando el Eid



Bueno bueno bueno… vamos a ver, que aquí la Israe ya no sabe ni qué inventarse para escaquearse del blog. Que si “me cojo el día”, que si “me voy con la familia”, que si “es por el Eid”… Mira, hija, yo ya pensaba que era otra de sus películas, porque esta chica tiene más excusas que yo tuppers en la nevera. Pero oye, resulta que no, que esta vez era verdad.

Total, que me suelta que el Eid es una fiesta que celebran las personas musulmanas para marcar el final del Ramadán. Y claro, yo que no soy tonta (bueno, un poco sí, pero lo justo) le digo: “Mira, ya que no trabajas, por lo menos me lo explicas bien y yo lo convierto en contenido, que aquí nadie pierde el tiempo”.

Y va la tía y me cuenta que por la mañana se levantan pronto (esto ya me parece sospechoso), se arreglan y se van a la mezquita a rezar todos juntos. Pero ojo, que este rezo no es de los obligatorios, es como un extra… vamos, como cuando yo me como un postre “por compromiso”.

Después del rezo, todo el mundo besos, abrazos, felicidad, buenos deseos… Vamos, una cosa monísima, todo el mundo queriéndose, que parece esto una película y no la vida real.

Y luego viene lo importante: la comida. Porque claro, tú me dices “celebración familiar” y yo ya estoy sentada en la mesa. Se van a casa del tío y hacen el segundo desayuno (que yo eso lo apoyo muchísimo) y dice que había de todo: dulces, comida, más dulces… en fin, un espectáculo. Que yo ahí no duro ni cinco minutos sin repetir.

Se pasan el día en familia, llamando a más familia, comiendo, hablando… lo típico, pero en versión intensa. Y como este año cayó en viernes, tocaba cuscús, que es tradición. Vamos, que no faltó detalle.


Eso sí, normalmente se van al campo, en plan día familiar… pero claro, este año el tiempo dijo “hasta aquí” y se quedaron en casa. Que tampoco les importó mucho, porque siguieron comiendo igual, que eso no se negocia.

Por la tarde, juegos de mesa (o intentarlo, porque según ella son todos unos picados, cosa que no me sorprende), jugar con sus primitos, bailar… y comer otra vez, porque aquí no se para. Que dice que acabó tan llena que no podía ni oler comida en tres días. Mira, eso sí que me cuesta creerlo.


Y claro, después de todo esto yo le he dicho: “Mira, el año que viene me invitas, porque tú te lo has pasado fenomenal y a mí no me has traído ni unas tristes galletas”. Que es que hay que tener cara, ¿eh? Aquí una trabajando y la otra de banquete… Hombre ya.











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