Hoy escribo con un nudo en la garganta. Lo que ocurrió el 28 de febrero no fue un error técnico; fue la demostración más cruda de que, para Estados Unidos-Israel, la vida de una niña iraní no nada
El pasado 28 de febrero la vida se detuvo en Minab, al sur de Irán. 148 niñas fueron asesinadas bajo las bombas.
Es difícil de explicar, y más difícil de aceptar. Mientras las niñas estaban en sus pupitres, misiles lanzados por Estados Unidos e Israel impactaron directamente en su escuela. Nos hablan de "objetivos militares" y de "errores tecnológicos", pero dichos objetivos militares resultaron ser niñas de apenas 7 a 12 años que no entendían de guerras ni de política, bombardeadas en su escuela, que debería ser el sitio más seguro del mundo.
Es indignante ver cómo las potencias que siempre hablan de "derechos humanos" y "libertad" son las mismas que aprietan el botón. ¿Cómo pueden llamar "precisión" a un ataque que destruye una escuela de primaria? Si el armamento es tan avanzado como presumen, solo hay dos opciones: o son unos incompetentes tecnológicos que no deberían portar tales armas, o el ataque a la escuela fue una decisión consciente.En ambos casos, la responsabilidad es criminal.
La respuesta de Washington ha sido un insulto a la inteligencia mundial. Donald Trump, sin aportar una sola prueba, intentó culpar a Irán alegando "imprecisión en sus propias municiones". Mientras tanto, Israel guarda un silencio estratégico, amparado por el veto y el respaldo diplomático que le permite actuar por encima de cualquier ley internacional. ¿Dónde están las sanciones? ¿Dónde están los tribunales internacionales cuando los agresores son los que escriben las reglas del juego?
Si este ataque hubiera ocurrido en una escuela de Washington, Tel Aviv o París, el mundo se habría detenido. Veríamos los rostros de las niñas en cada pantalla, conoceríamos sus nombres y sus sueños. Pero como son niñas de Minab, como llevan velo y viven bajo un régimen que Occidente ha decidido demonizar, sus vidas se reducen a una estadística de "daños colaterales".
No fueron "daños colaterales". Fueron 148 niñas (cifra que la ONU eleva ya a más de 160) con nombres, familias y futuros que fueron arrebatados por la arrogancia de potencias que se creen dueñas de la vida ajena
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